El día a día del enfermo

El aseo

Existen pacientes que, habiendo sido muy limpios y aseados, se muestran totalmente contrarios a ir bien peinados y limpios, a cambiarse regularmente de ropa interior o de camisa y pantalón… Este comportamiento de negarse al aseo diario constituye uno de los primeros problemas, a los que debe enfrentarse el cuidador de un enfermo de Alzheimer.

Para solucionarlo, el cuidador debe utilizar técnicas, que conduzcan al paciente, sin darse cuenta, a efectuar aquello que, en un principio, no quería hacer. Por ejemplo, ha de demostrar que el enfermo puede hacerlo por sí mismo y que, además, lo hace muy bien y está “mucho más guapo”.

Conforme avanza la enfermedad, esta cotidiana tarea se complica. Llega el momento de sustituir la bañera por la ducha, de colocar alfombrillas antideslizantes y barras asideras, de levantar la altura de inodoro (para que el enfermo no tenga que agacharse y se levante fácilmente), de asegurarse de que no hace frío en el cuarto de baño, de no hacer ruidos intensos ni molestos durante el aseo, etc.

Más adelante, el enfermo no es capaz de lavarse por sí solo, por lo que el cuidador debe ocuparse de su aseo, incluso lo debe realizar en la propia cama.

La alimentación

En la primera fase de la enfermedad, no es estrictamente necesaria una esmerada atención. Basta con procurar que los platos (es recomendable que sean de un material irrompible), en los que se coloca la comida, siempre sean más amplios que el propio alimento, con el fin de que el enfermo lo identifique correctamente.

Sin embargo, a veces, en esta primera etapa, el paciente se niega a comer y no siempre es debido a la consistencia del alimento. El cuidador debe analizar por qué se produce esta situación: ¿se ha cambiado el lugar donde comía?, ¿hace frío donde come?, ¿la comida está fría o muy caliente?, ¿hay mucho ruido?, ¿tiene algún dolor?, ¿sufre de estreñimiento?, ¿el cuidador tiene prisa por darle de comer?…

En la segunda fase, en la que el paciente se niega a comer con más frecuencia, conviene ofrecerle comidas sabrosas, nutritivas y variadas, para que no las rechace.

Más adelante, el enfermo tiene dificultades para deglutir los alimentos con consistencia normal. En ese momento, se ha de dispensar comida con una textura más blanda.

En fases más avanzadas, se recomienda el uso de la alimentación por sonda nasogástrica o, incluso, la práctica de una ostomía quirúrgica (abertura en la pared abdominal). En estos casos, conviene seguir los consejos de un profesional experto en nutrición.

La incontinencia

En fases avanzadas, el paciente pierde la contención total de esfínteres. Se trata de una etapa, en la que el enfermo aún tiene conciencia de sus actos, por lo que sufre… Por ello, procura esconder los utensilios, que haya utilizado, para empapar estas pérdidas, en los lugares más insospechados -cajones, maceteros, ducha-.

Tras percatarse de esta situación, el cuidador debe pensar que el enfermo no lleva a cabo estos comportamientos conscientemente, sino que es la propia enfermedad quien lo hace.

El sueño

Una de las primeras complicaciones, que el cuidador comunica, corresponde a las alteraciones en el sueño nocturno. Aprecia que al enfermo le cuesta mucho esfuerzo dormirse por la noche o que se despierta, muy a menudo, para dedicarse a efectuar tareas más lógicas para otro momento del día -cocinar, barrer, colgar un cuadro, sacar ropa del armario, etc.-.

Otras veces, el paciente se despierta, porque no reconoce la habitación donde duerme y quiere irse a su casa -encontrándose en su propio hogar- o no reconoce a su pareja, con la que tantos años hace que duerme o se imagina que alguien quiere hacerle daño y tiene terrores nocturnos…

Se trata de una complicación importante, que desorienta, estresa, hace consumir mucha energía y altera el orden de descanso habitual del paciente y genera gran frustración al cuidador, quien carecerá de descanso reparador.

El hogar

El espacio, en el que vive una persona diagnosticada de Alzheimer, debe cumplir una serie de premisas importantes, para mantenerse en él la mayor parte del tiempo que dure su enfermedad.

De esta forma, deben coexistir los recuerdos -en forma de objetos que posee el enfermo- y la practicidad de eliminar lo superfluo. Por ello, se ha de evaluar cuáles son los lugares, donde el paciente pasa la mayor parte de su tiempo, y adaptarlos a sus necesidades presentes y futuras.

Así, se podrán adoptar las siguientes medidas: suprimir alfombras; eliminar los cables por el suelo (con el fin de evitar caídas); reducir, al máximo, los objetos decorativos (sobre todo mesitas auxiliares, que puedan obstaculizar el paso del paciente); procurar la comodidad (por ejemplo, situar su sillón preferido, en el lugar donde se le nota más a gusto); guardar los cuadros, en los que existen muchas figuras (ya que pueden desorientarle, por no conocer la caras o creer que son reales); suprimir los espejos (pueden crearle confusión, al no reconocerse en ellos); colocar barandillas en el pasillo (para que pueda sujetarse, si se marea); instalar luz permanente, a nivel del suelo (para evitar caídas, si se levanta por la noche); cerrar con llave los armarios, en los que se guardan utensilios peligrosos; cambiar el gas por la luz eléctrica, para cocinar; colocar carteles con los nombres de las estancias (baño, dormitorio, salón…).

La comunicación

El enfermo de Alzheimer no entiende bien lo que le decimos, ni puede expresarse correctamente; pero nos podemos comunicar con él, si seguimos unas pautas:

  • Mantener siempre contacto visual.
  • Darle tiempo para responder.
  • No pretender razonar.
  • Nunca hablar de la persona enferma, como si no estuviera delante.
  • Informarle de las actividades cotidianas que se van a realizar, para reducir la ansiedad. Por ejemplo: “ahora vamos a ir al baño”…
  • Permanecer siempre tranquilos, sonrientes y más expresivos de lo normal.
  • Utilizar la comunicación no verbal.
  • Orientarles en el tiempo, en el espacio e identificarnos.
  • Hablarles claro, alto y con frases cortas y simples. No hablarles como niños, ya que no lo son.