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Un
último beso
KEPA AULESTIA
Era también
septiembre cuando un día de hace siete años se perdió,
poco después de celebrar sus bodas de oro, entre las callejuelas
de una localidad mediterránea azotada por el viento de levante.
No supo volver al reencuentro con su marido. Se angustió,
se angustió mucho; y un temblor silencioso comenzó
a apoderarse de su figura enorme y hermosa. Callada y llena de ternura,
comenzó a apagarse aquella tarde de levante, sin que nos
diéramos cuenta casi hasta el final. Así es como inició
un viaje de regreso a sus primeros meses de vida, mostrándonos
hacia atrás el camino que había recorrido hasta llegar
tan lejos. Olvidó los rudimentos del idioma castellano, y
se fue refugiando en su única lengua, el euskera de Ondarroa,
para más tarde rescatar en su habla la entonación
de su Amoroto natal mediante fonemas ininteligibles que, al final,
sólo dejaron un pequeño espacio para sus últimas
palabras: bai y ez. Las pronunciaba con asombrosa claridad, bai
y ez, como si tratara de comunicarnos su descubrimiento: que, incluso
más allá de la memoria, el ser humano cuenta con una
guarida primigenia en tan drástica disyuntiva. Fuese cual
fuese la pregunta, el bai como respuesta denotaba que en ese momento
se sentía cómoda y dispuesta. Pero comprendimos que
cuando respondía ez y lo reiteraba estaba invitándonos,
simplemente, a dejarla en paz.
Cumplidos los
77 la matriculamos en la única escuela a la que fue en toda
su vida: un centro de día del que nos traía abalorios
de colores ensartados en un hilo interminable. Al principio se resistió
a subir, sola, a aquel microbús que la recogía todas
las mañanas y la devolvía a la compañía
de su marido pasadas las cinco de la tarde. Eso, claro está,
ocurrió en sus primeros días de clase. Pero luego
el microbús se convirtió en el vehículo de
su particular éxodo interior; de su viaje de regreso a la
desmemoria. A las noches, deambulaba por el pasillo y las habitaciones
de su casa, envuelta en un sinfín de prendas. Como si un
frío irremediable la invitara a abrigarse; o como si temiera
que alguien la despojara de sus pertenencias más humildes.
Perdió la noción del tiempo, que se había convertido
en una convención sin sentido para ella. Y ni siquiera la
oscuridad la disuadía de sus idas y venidas. Es más,
la noche sin luces se convirtió en su hábitat. Así
fue hasta que el vértigo -el mismo vértigo que sintiera
en sus primeros meses de vida- se apoderó de su andar ya
pausado y rígido. Se volvió renuente al caminar, para
acabar resistiéndose a dar un solo paso aunque fuese del
brazo de cualquiera de nosotros.
Quienes salimos
de su vientre nos convertimos de pronto en sombras extrañas
para ella. El hombre al que amó durante más de sesenta
años -y del que no se había separado hasta aquella
tarde de levante- acabó siendo ese acompañante anónimo
que insistía en narrarle cuanto sucedía por miedo
a perderla de su lado. Nos fueron quedando sus manos grandes y temblorosas;
aquellas manos poderosas en la estiba de los barcos de su juventud
que ahora desobedecían al dictado nervioso. Y, sentada en
una silla de ruedas, continuó ofreciendo su inmenso regazo.
El mismo regazo en el que nos arrebujamos en la niñez y que
acabó acogiendo a su biznieto. Pero, por encima de todo,
conservó sus labios, prestos para besar la mejilla que acercábamos
a su boca, entreabierta a veces y otras veces herméticamente
cerrada.
A menudo se
ausentaba con un rictus de indiferencia; y permanecía así,
adormilada o dormida, dando a entender que, en ese momento, nada
de cuanto la rodeaba despertaba en ella el más mínimo
interés. Otras veces, de repente, sus enormes ojos se abrían
como si hubiesen descubierto el infinito, mientras tratábamos
en vano de acercar su atención hacia nosotros. En ocasiones
una risotada suya nos contagiaba de absurda esperanza, y nos mirábamos
embobados. Por momentos su rostro traslucía un gesto de dolor,
de desagrado, de incomodidad; un gesto cuyo significado éramos
incapaces de descifrar. Pero nos hacía sospechar que tras
esa plácida ausencia se ocultaba un impulso eléctrico
de consciencia y padecimiento. Ella, que caminó por la vida
en una sola dirección, sin formularse preguntas sobre su
destino, con la sensatez de quien había decidido no plantearse
jamás problemas irresolubles, se debatía en silencio
entre esto y el más allá.
Un día
de julio sus labios dejaron de besar las mejillas que le ofrecimos
al despedirnos en el comedor de la residencia. Y poco después,
en la madrugada de San Ignacio, decidió ausentarse para siempre
tal como vivió, discretamente, huyendo así de un mal
con el que nos acompañará durante décadas.
Como si fuera una decisión libre, un último acto de
consciencia. Como si intentara despertar en nosotros la duda sobre
la pertinencia de esa utopía que obsesiona al ser humano
en la tarea de prolongar su esperanza de vida. Como si tratara de
rubricar su existencia finita prescindiendo de realizar balance
alguno del camino recorrido. Los años de escuela que perdió
para cuidar a sus cinco hermanos. Las canciones de la fábrica
en la que comenzó a descabezar anchoa a los seis años.
Los juegos interrumpidos por las obligaciones de la necesidad. Y
aquellos juguetes que nunca tuvo. Quizá por todo ello se
aproximó más a la felicidad de lo que podremos hacerlo
cualquiera de sus descendientes.
El
1 de agosto regresó a la tierra que la vio crecer, a ese
otro regazo de la Virgen de la Antigua, dejando en esta tierra un
ser sumido en la horfandad del hombre solo que todos los días,
a duras penas, se esfuerza en pasear su dignidad de viejo pescador.
Los rasgos de sosiego que legó a aquella hija bautizada in
extremis con el nombre de Maite, a aquella vida que se le escapó
de las manos y echó siempre en falta, viven hoy en los gestos,
en el rostro y en las manos de sus nietas.
Publicado
en EL CORREO el 20 de septiembre de 2003
con motivo de la celebración del Día Mundial del Alzheimer
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